Crónica de un nacimiento anunciado

nacimiento

Hacía calor en aquella esquina-sin duda una de las esquinas más concurridas de la calle Lacret-y aunque aquella noche no había mucha gente abultando en la madrugada…ella sintió más calor que el habitual. Quizás era solo la antesala de lo que estaba por pasar (y ella tembló por dentro). Casi un año después de su primera incursión en aquel espacio- ese que durante muchas horas cómplices sirvió de hogar sutil a sus intercambios de música, olores, lunas, estrellas fugaces, libaciones, misterio-ella volvió allí. Esa había sido la promesa, el pacto: volveré (había dicho ella), volveré (había dicho él), cada vez que necesite sentirte cerca. Y aquella madrugada ella sentía esa urgencia… esa necesidad.
La puerta del edificio estaba abierta (cosa rara). El elevador apagado (habitual a esa hora). Ella subió lentamente los tres pisos, mientras el sonido de sus tacones se mezclaba con los acordes de Eliane Elias repletando sus audífonos. (Aquellas melodías habían sido uno de sus mejores regalos). El pasillo pareció inmenso, pero allí estaba ella, parada justo frente a la puerta. La llave entró como si no hiciera falta, la alarma no sonó (demonios, pensó ella, aquel era un recuerdo único) y no había una sola ventana abierta. Olía a soledad, a ausencia.Se tiró en el sofá (se tiró, no se sentó). Minutos después caminó hacia el cristal y abrió una ventana…las persianas se arremolinaron sobre su cuerpo, casi como cuando las manos de él la aprisionaban hacia dentro de sí, y en ese momento el mundo parecía totalmente insignificante; de hecho no “parecía”, en ese instante el mundo era insignificante y la ciudad ni siquiera suponía que allí, por encima de muchos balcones, dos almas y dos cuerpos se entregaban plenamente.
Dio varios pasos hacia atrás y miró hacia la cocina, y algo le pareció extremadamente familiar: tres vasos verdes abandonados debajo de la pila, pero sin restos de agua. Su amigo (el de él) se había mudado hacía solo una semana-“encontré el amor de mi vida”, dijo-pero, para no variar sus costumbres, dejó allí, como al descuido, aquel recuerdo del último uso de su apartamento. Ella sonrió- recordó de pronto todos los chistes que habían compartido alrededor de ese tema- (es delicioso recordar y reír al mismo tiempo); pero la memoria puede ser también torturante, y la suya era buena: no tardó casi nada en gritarle que estaba sola… y de nuevo se hizo el silencio dentro de sí… ¡Y entonces lo oyó!….. ¿Era su mente jugando a las escapadas? ¿De dónde provenía aquel sonido que le estrujaba el tiempo? ¿Las paredes estaban tocando jazz?…!no, no era posible! Se quitó los tacones (para no contaminar) y siguió suavemente (con una mezcla de sorpresa y temor) aquella melodía…que poco a poco se fue mezclando con una voz que ¿leía?…el piano de fondo y la voz retándolo: “!Diséñame el orgasmo más denso padecido jamás!”….
Ella conocía esos versos…habían sido de los primeros en salir de sus manos, mientras él la iba haciendo suya. Pasó por delante de las fotos del banco, y las miró nostálgica, acarició la puerta y sintió uno por uno sus latidos a abrirla.
Ese día, a esa hora, él había sentido la necesidad, la urgencia, de tenerla cerca…para siempre.

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