El árbol

arbol y mujer

El árbol puso su mano en el broche: aquel sencillo pero tentador broche, del zapato de Diana. Deslizó su mirada por el pequeño pedazo de material que separaba la piel de sus labios, de la posibilidad de comenzar a devorarla por su extremo más distal.

Ella le miró- con uno de esos tonos pícaros que colocan un deseo furtivo entre el sueño y la realidad.

El espacio se llenó de calor: estaban asados de ganas, sedientos de tiempo, inútiles de espacio.

Artemisa comenzó a anotar una por una sus reacciones. Era una adicta- no había remedio- a su olor. Su proximidad, incluso cuando era lejana, reproducía dentro de ella esa sutil pero deliciosa mezcla de marginalidad y sensualidad que la hacía volar (como una droga- pensó)

El árbol buscó aquel pequeño orificio con su rama húmeda, lo saboreó como el último dulce de todos los siglos (o quizás como el primero en ser descubierto), y sin más, clavó su raíz.

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