Yo quería

desde cero

Gritarle que era el muchacho de los abrazos,
que estuve miles de madrugadas esperándole
para intentar calmar esa sed de mi cuerpo tensado, retorcido
y convulsionando alrededor de otro cuerpo.

Romper sus piernas con mis caderas
y que mi boca se hiciese rocío de la mañana
después de aquella madrugada febril.

Confesarle que me pierdo en ese fetiche tan singular que son sus bíceps,
sin dejar de pensarle.

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