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Game over

¿En serio quieres jugar?
Mira que aún me debes algunas “copas”

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Disciplina

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Me dijo que necesito ser “disciplinada”
y yo lo complací…


Mascarada

digital_art-Tu olor me persigue.  Siempre fuiste así de bueno en esto? (Diana)
-No lo sé, quizás es que es contigo cuando soy mejor. (…)
-Me fascina estar dentro de tu abrazo. Tú irradias luz, tu espíritu en mi corazón.(Artemisa)

-21!!! (Diana)
-21 es un buen número (…)
-21×2 es 42 “the answer to life the universe and everything?” 21 al revés es 12. El 12/12 fue la primera vez (Artemisa)

-Debieras dibujarla (Artemisa)
-¿qué cosa? (…)
-Mi espalda (Diana)
¿dibujar en tu espalda? Me encantaría (…)

-Qué linda estás, coño! ¿ese fue uno? (…)
-No lo sé, yo no estaba aquí. (Diana)
-Entonces mantengámosla fuera de la tierra. (…)

-Últimamente pasamos juntos todos los “días señalados” (Artemisa)
-Bueno, el segundo domingo de mayo, ya sabe (…)
-Coño! y hay que esperar tanto? (Diana)

-Mis manos huelen a ti. Me estoy desarmando (Diana)
-Como si ya yo no lo hubiese hecho (…)


Rojo

rojo

Él despertó con esa extraña opresión en el pecho…que le gritó: “Abre la ventana”… Tristemente Diana se había mudado…
Solo en su memoria él tendría de vuelta la imagen de aquel vestido rojo.  (Artemisa vibra, silenciosa)


El árbol

arbol y mujer

El árbol puso su mano en el broche: aquel sencillo pero tentador broche, del zapato de Diana. Deslizó su mirada por el pequeño pedazo de material que separaba la piel de sus labios, de la posibilidad de comenzar a devorarla por su extremo más distal.

Ella le miró- con uno de esos tonos pícaros que colocan un deseo furtivo entre el sueño y la realidad.

El espacio se llenó de calor: estaban asados de ganas, sedientos de tiempo, inútiles de espacio.

Artemisa comenzó a anotar una por una sus reacciones. Era una adicta- no había remedio- a su olor. Su proximidad, incluso cuando era lejana, reproducía dentro de ella esa sutil pero deliciosa mezcla de marginalidad y sensualidad que la hacía volar (como una droga- pensó)

El árbol buscó aquel pequeño orificio con su rama húmeda, lo saboreó como el último dulce de todos los siglos (o quizás como el primero en ser descubierto), y sin más, clavó su raíz.


Re-encuentro

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Diana (la cazadora) sabía que ese era el día; el día en que le vería de nuevo. Toda una vorágine de cosas había pasado desde la última vez: una vorágine inconmensurable…pero ese era el día, el primer día desde entonces.

El intercambio de miradas fue volcánico. Nadie hubiese imaginado lo que estaba pasando por aquellas pieles, por aquellas almas. No estaban cerca, no demasiado cerca, pero lo suficiente como para electrocutarse entre sí.

Artemisa se dejó caer, cómplice, en su silla: tenía que escribir.

Diana acercó sus rodillas (la suya a la de él)…y él se adueñó de toda descarga de adrenalina. De hecho…lo anotó: “generación de adrenalina a niveles elevados”

Artemisa pensó: no es posible, quiero escapar de esto: tengo que seguir escribiendo.

Diana blandió una de sus flechas: ¡habló!… sutil, pero meridianamente. Él se estremeció (su corazón de diosa pudo sentirlo). Ella blandió su segunda flecha: le ofreció una ofrenda… como la del primer día: aquel caramelo que le salvó una vez de la hipoglicemia se convirtió en una incitación a acortar las distancias.

Artemisa soñaba, mientras él colaba insistentemente su olor en cada una de las sinapsis que sus sentidos le devolvían. ! Tengo que seguir escribiendo!- se decía- pero ¿y qué hago con esta humedad, con estas ganas de romperle en poemas?

Diana le respondió: toca su pelo, roza sus labios con tu musa, embriágalo con esa mirada que le hace desear tus caderas. Esto no va a terminar nunca- dijo- con la mejor de sus sonrisas.

¿Lo dices como algo malo?-dijo él No, absolutamente no- respondió ella (primero en silencio, luego liberando su voz)

Artemisa observaba… (!Tengo que concentrarme!), por su mente pasaron todos los versos, el sudor, la libertad de no censurar ese huracán inevitable entre ellos; y entonces…

Diana (la cazadora), encontró la mejor de las soluciones a esa diatriba melancolía/deseo: acarició su frente… y le besó


Reposo…

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Diana (la cazadora) está en reposo. Sabe que la noche está cayendo, y que es hora de tomar de la mano las flechas que rescatan tesoros, pero ella sigue allí, en reposo. Su corazón late suavemente, como si languideciera. (De hecho, lo hace). Su luna está hoy más pálida…desde hace dos días ha perdido brillo. Cierra sus ojos y piensa, sueña, vuela… Pide permiso para encender la máquina del tiempo y, paso a paso, va regresando al día en que se puso su vestido rojo, luego a la complicidad del sensual y enérgico intercambio de palabras, a las descargas de adrenalina intensamente compartidas (primero aguantadas, luego: desbordadas), a las madrugadas de diciembre, a su 34 cumpleaños, a las mañanas de enero, al 32 cumpleaños de su amado.
Artemisa escribe poesía…las sigue guardando para él, aunque quizás ya no se las entregue. Él le ha pedido con sus ojos que se detenga, que de alguna manera ya no respirarán del mismo aire, y ella se enciende de dolor mientras recuerda su textura (la de él), su olor a viento, su espíritu enervado bajo sus labios, su boca haciendo un dulce manjar de cada segundo de su piel.
Diana se vuelve hacia el espejo, y quiere gritarle que vuelva, que no es justo.
Artemisa, prudente, tapa su voz con las manos, esperando que le alcancen esos tragos de jazz para enmudecer a su alma…..solo porque él-aún sin que ella logre comprenderlo- se lo ha pedido.


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