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Tomar (te)

Que no,
que no puedes marcharte a las 3 de la tarde,
porque es la hora
del té.

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Malas Intenciones

quiero

Quiero gritarte que te pierdas de mi esencia, de mis mañanas, de mis madrugadas
que me olvides, que te olvides
que esas calles no tendrán más tu color
ni mi aire tu olor.

Quiero gritarte que respires a kilómetros de mí,
que mi nostalgia no te pertenece
que me iré a otro camino donde otra mano, más fuerte que la tuya, sostenga mi futuro.
Quiero gritarte que mi arcoiris no necesita de tu sol
que mi lluvia es inconforme y tú eres muy poco para ella.

Quiero gritarte que mi espalda ya no te pertenece
que he olvidado los retos, los orgasmos, las fotos (aquellas atrevidas que tomaste por primera vez en tu desordenada vida)
que las 6:40 am es una hora común, sin más significado que el amanecer;
que el jazz solo me gusta porque es una excelente música
y que esa aula abandonada, al final del pasillo, es solo un recuerdo más.

Quiero gritarte que subí los tres pisos- por la escalera-
y los bajé- en el elevador-
y estuve allí, junto a la ventana
pero el paisaje fue mudo.
Que me senté en nuestra mesa- la de la esquina-
y las piñas coladas sabían incluso mejor sin ti
y de regreso, me detuve en nuestra esquina
me senté en aquel muro donde tantas veces me desarmaste
y solo sentí el vacío.

Quiero gritarte que ni una sola de mis palabras te pertenece ya
que escribo y no es para ti

Quiero gritarte…
pero sigo escribiendo.


Advertencia

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Hoy ando enfurecida,
buscando un continente para todas las manos que me has negado,
para todas las hojas que te robaste de mi mesa, llenas de versos tibios que congelaste bajo tu ausencia.
Así que no intentes sobornarme con café,
advertido estás: llevo semanas entrenando mi espada para escribir en Braille sobre tu espalda.


Crisis Hormonal

crisis hormonal
¡Y me aguanto! Aunque las hormonas retocen con su solo recuerdo. No necesito siquiera que se acerque, que sorprenda mis segundos con una canción, que confiese que me lee y se estremece.
Y se atreve a decirme que lo intenta… pero no puede más… que tiene que correr, incontenible, a mi encuentro, o tan siquiera detrás de mi silueta, tan fuerte, tan vívida como el azote de un huracán… un volcán en erupción… una tormenta de arena en el desierto…
Reclama su espacio: cuenta que debe vivir, para mí, para mi néctar, para mi alma… Que no soltará la soga que lo ate levemente a mi tobillo… y él… se encargará de quitarla poco a poco… esa media que se desliza, deja ver una piel que invoca, espera el roce de sus dedos, como el teclado… como mi rostro, como mis caderas ladeadas, como la elevación de mis senos al Olimpo.
Y luego lo suelta de una vez: “no puedo describir, ni traducir lo que siento cuando mi mano está en tu espalda o sostiene con firmeza una porción de tu bendito costado”
Nadie puede: hay cosas inalcanzables para las palabras


Primer plano

espalda mía

Su primera caricia
fue una imagen
llena de mariposas azules.

Para el primer beso
pintó con acuarela mi espalda
y la convirtió en unicornio.

Su primer abrazo
desafió al calor del sol
y opacó el frío de aquel banco de mármol.

Entonces supe que nuestro primer orgasmo
llegaría mientras jugaba
con las luces del amanecer,
a capturarme dentro de su cámara.


Semántica de los besos

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“De los medios de comunicación
en este mundo tan codificado
con internet y otras navegaciones
yo sigo prefiriendo
el viejo beso artesanal
que desde siempre comunica tanto” (MB)

Un beso ávido, otro sutil, uno voraz y otro apasionado.
Un beso desgarrador, uno rendido, otro mezclado con el olor de los antojos.
Un beso felino,  que suena a jazz sumergido en mi espalda.
Un beso que trae en tu boca el sabor de toda mi humedad.
Un beso, acurrucado.
Un beso, mojado, mediante riego por aspersión, ofrecido, con picardía, mientras mi cuerpo se inclina suavemente a recoger ese jabón en el piso del baño.
Se los he ofrecido todos, pero él prefiere ese: el simple beso en blanco y negro, que le quema la lengua, sin tocarla, al amanecer.

 


Infidelidad

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Todo era (o parecía) perfecto.
El tono de la puesta de sol, el azul blanco arremolinado del mar, el silencio de la tarde.
Ella lo besaba febrilmente, con labios hambrientos.
Él se adueñaba con sus manos de cada gota de sudor de su piel.
Se podía oler su humedad-la de ella-
e incluso imaginar la voracidad de su erección-la de él.
Todo era  (o parecía) perfecto.
La música que servía de fondo al banquete de esos dos cuerpos
convertidos en una sola sombra…
Solo no logré comprender, Amaranta,  por qué,
mientras ella se deshacía en sus oídos,
él, por encima de su hombro,
no dejaba de mirarme.


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